Después de 73 años un italiano logra el título mundial. Llegó tercero detrás de Verstappen, ganador de la carrera, y Hamilton. Es el campeón más joven de la historia.
Kimi Antonelli rompió en llanto ni bien cruzó la meta. Como no conmoverse con este chiquilín que hasta no hace mucho tiempo corría en karting. Ahora es campeón de Fórmula Uno. “¡Vamos, Kimi, Campeón del mundo!”, soltó Peter Bonnington. El entrañable «Bono» fue algo más que su ingeniero de pista, fue un hermano mayor que lo guió en un mundo cruel y vóraz como la «Máxima Categoría». “Muchísimas gracias, lo logramos”, dijo con la voz quebrada el campeón más joven de la historia.
Quién diga que no se emocionó, miente. Es imposible no conmoverse con las lágrimas puras de un chico que el año pasado terminó la secundaria. Que renunció a la libertad propia de un adolescente para someterse a la disciplina de un deportista profesional. Cada lágrima representa el esfuerzo y los sacrificios por alcanzar los sueños. Sumado a la contención de su familia biológica —los Antonelli— y la adoptiva —Toto y Susie Wolff lo cuidaron como a un hijo—.

Antonelli se convirtió en el tercer piloto italiano en conquistar la Fórmula Uno. El primero fue Giuseppe Farina en 1950; y el segundo Alberto Ascari en 1952 y 1953. Luego se abriría una brecha de 73 años, demasiado tiempo. En el medio lo intentaron Luigi Villoresi, Luigi Musso, Lorenzo Bandini, Michele Alboreto, Alessandro Nannini, Giancarlo Fisichella y Jarno Trulli. Cada uno con suerte dispar. Al legendario «Gigi» la Fórmula Uno le llegó tarde —sus mejores años fueron en la preguerra—, a Musso y Bandini los sorprendió la muerte, a Alboreto le tocó el dominio de McLaren en los años ochenta, Nannini vio truncada su carrera en un accidente de helicóptero, y a Fisichella y Trulli les tocó la era de Michael Schumacher. Kimi terminó con la injusticia que pesaba sobre el automovilismo italiano.
Corrió las 71 vueltas con la mentalidad de un campeón. No arriesgó más allá de lo que debía y condujo con serenidad hasta la bandera a cuadros. Sus opciones de podio eran escasas al salir desde la cuarta posición en un trazado complicado como el «Hermanos Rodríguez». Aunque sabía que la buena fortuna no lo abandonaría. Fue su compañera más leal a lo largo de la temporada.
El llanto de Kimi borró todo lo que se vivió en el Gran Premio Ciudad de México. Hay que esforzar la memoria para recordar la batalla innecesaria entre Lewis Hamilton y Charles Leclerc. Los primero metros de carrera fueron una catástrofe para Ferrari. En su ambición por liderar, Leclerc presionó «in extremis» a Hamilton y ambos se salieron en la curva 4. Si bien pudieron continuar, la lucha de egos le costó la carrera a los de Maranello: Leclerc fue penalizado con cinco segundos por ganar ventaja al cortar la curva y Hamilton cayó a la tercera posición detrás de Max Verstappen (Red Bull).

A pesar de ser el puntero, el monegasco estaba condicionado por la sanción y un Verstappen que nunca se despegó de él. Inteligentemente, el box de Milton Keynes hizo ingresar al holandés para el pit stop cuando entró Leclerc. Verstappen salió por delante de la Ferrari aprovechando que debía cumplir la penalización. Además, el pase de neumáticos medios a blandos y Leclerc de blandos a medios, favoreció al cuatro veces campeón. El compuesto más suave tenía muy poca degradación y podía llegar hasta el final. En la punta y con aire limpio, Verstappen reescribió un fin de semana que estaba destinado para Ferrari
Sin embargo, el accidente de Valtteri Bottas (Cadillac), en la vuelta 44, obligó a detener la carrera con bandera roja. Las imágenes eran estremecedoras. En la recta principal, a una velocidad promedio de 260 kilométros por hora, se zafó la suspensión delantera izquierda, convirtiendo al coche en una masa fuera de control que se estrelló de cola contra las barreras de la curva 1. Bottas fue asistido por los médicos y trasladado al hospital del circuito por precaución. El finlandés resultó ileso, pero todas las miradas se posaron sobre el Cadillac de Sergio Pérez —la FIA no revisó el coche al entender que el accidente fue un hecho fortuito y el monoplaza pasó todos los controles durante el fin de semana—.
Con el reinicio de la carrera, desde la parrilla, Hamilton se cobró revancha de Leclerc al arrebatarle la segunda posición. El británico vio una oportunidad de saltar a la punta. Buscó el exterior de Verstappen en la curva 1, pero el holandés mantuvo la cuerda. La Ferrari, que había entrado a la par, salió de pista. Los comisarios abrieron una investigación por una supuesta barrida de Verstappen, pero fue archivada porque era una acción típica de salida.
Un Safety Car, por el chcoque entre Arvid Lindbblad (Racing Bulls) y Oscar Piastri (McLaren) que culminó con el británico contra el muro de la curva 3, le dio una nueva oportunidad a Hamilton para alcanzar la victoria. Pero Verstappen, con aire limpio y neumáticos más jóvenes, se desacopló fácilmente en el relanzamiento. Ya no habría más oportunidades para el siete veces campeón.

Mientras tanto, Antonelli, se aprovechó de un Leclerc con los neumáticos en las «lonas» para arrebatarle la tercera posición. El destino quería que el podio fuera con Max, Lewis y Kimi. La imagen del italiano levantado en andas era mucho más que once campeonatos mundiales reunidos en una fotografía. La vieja guardia bendecía a la nueva generación.
Antonelli provocó una revolución en la Fórmula Uno. Su carisma le hizo ganar una legión de admiradores de todas las estirpes y edades. Los que son ajenos al automovilismo que empezaron a ver las carreras por la curiosidad que despertó. Los pibes como él que se maravillaron con sus hazañas. Los puristas que ven a un nuevo Verstappen. Madres y abuelas que se encariñaron con el chiquilín con rostro de niño.
El tiempo dirá cuál será su techo. Lo que importa es el hoy. Donde un pibe de 20 años, con la mochila cargada de sueños, escribió su nombre en la historia de la Fórmula Uno. Y que una tarde de noviembre de 2026 nos dejó un nudo en la garganta al verlo llorar de felicidad. Como no quererlo.
