Senna, en el corazón y en el alma

Senna, en el corazón y en el alma

Se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Senna. Apuntes para una nota escrita con el corazón.

 

El 21 de Marzo el mundo del deporte motor en general y la Fórmula 1 en particular celebran un nuevo aniversario del nacimiento del ídolo brasileño Ayrton Senna Da Silva.

 

En esta oportunidad me voy a permitir la licencia, y espero sepan disculpar el atrevimiento, para desarrollar esta crónica sin quitarme del lugar de ferviente admirador. Simplemente porque no puedo hacerlo. Es que Ayrton, por estilo y personalidad, era capaz de generar los sentimientos más profundos y contrapuestos que un fanático de este deporte puede experimentar; incluso, también, mas allá de las fronteras del automovilismo. Amor del más incondicional u odio profundo; así de extremo. Admiración o rechazo, idolatría o desprecio. Cualquiera de ellas menos indiferencia. Ayrton me colocó en una de las posibles veredas para transitar este camino.

 

La mirada cómplice desde el habitáculo del McLaren antes de salir a pista en Montreal. (Archivo / Rainer Schlegelmilch, 1992)
La mirada cómplice desde el habitáculo del McLaren antes de salir a pista en Montreal. (Archivo / Rainer Schlegelmilch, 1992)

 

Hace dos años, nuestro entrañable y siempre recordado compañero y amigo, Luis El Tano Forlani, escribió para este medio una maravillosa nota a la que titulo “Que lindo hubiera sido ser fan de Ayrton”. Leyendo y releyendo esa delicia literaria te digo querido Luis que sí; que fue y sigue siendo maravilloso ser fan de Ayrton. Como la gran mayoría, lo conocí en 1984 por la descomunal exhibición de destreza y determinación al volante del modesto Toleman – Hart bajo la lluvia torrencial de Mónaco, competencia que seguramente haya determinado el inicio de la división de aguas para continuar con la idea. Lo cierto que después de esa carrera ya nada fue igual.

 

El próximo domingo no lo esperaba sólo para ver otra carrera de F1, lo hacía para ver nuevamente a Ayrton. Así pasaron los domingos y las carreras hasta que un año después se subió a un Lotus; sí, a uno de esos coches negros con las inscripciones doradas de la tabacalera. Esos hermosos monoplazas me provocaron una enorme fascinación cuando desde que era muy niño.

 

Y llegó Portugal y no hubo retorno posible al ver la primera victoria de Ayrton en la forma que lo hizo. Sobre un Lotus que no ganaba desde 1982 sellando para siempre el contrato de idolatría. No había para mí mejor combinación. No existía motivo alguno que me impidiera estar sentado un domingo de GP frente al televisor. No solamente para ver una carrera, tenia que ver a Ayrton Senna y su Lotus número 12. Y vinieron más triunfos y más batallas titánicas contra los grandes, los poderosos, los consagrados de la época… Ahí estaba Ayrton para incomodarlos, para molestarlos y, cada tanto, ganarles; hasta que llegó la hora de competir para los grandes.

 

Estoril, el primer triunfo. (Archivo / Steven Tee, 1985)
Estoril, el primer triunfo. (Archivo / Steven Tee, 1985)

 

El destino (y su talento) lo colocó sobre el mejor coche de la parrilla y contra el mejor del momento quién, por otra parte, era su nuevo compañero de equipo: Alain Prost. Las aguas se dividieron como se dividió toda la afición. O eras de uno o de otro, no había término medio. Eran muy distintos. Senna era veloz, vehemente, temerario y con hambre de gloria. Prost frío, calculador e inteligente.

 

Ni el mismísimo Juan Manuel Fangio pudo esquivar a los bandos. El estilo del brasileño lo cautivó y ambos se profesaron una admiración mutua. El argentino, con su inigualable sabiduría, definió:

A él poco le importaba si el asfalto estaba mojado, lo suyo era volar y violar todas las leyes de la física”.

 

El momento exacto que nace en Suzuka uno de los duelos más encarnizados que recuerde la F1. (Archivo / Steven Tee, 1989)
El momento exacto que nace en Suzuka uno de los duelos más encarnizados que recuerde la F1. (Archivo / Steven Tee, 1989)

 

Senna y Prost eran dos polos opuestos dentro como fuera de un monoplaza de F1. Construyeron uno de los duelos más grandes de la historia de la Máxima Categoría (por no decir “El Duelo”). Domingo tras domingo se agregaba un capítulo fascinante que alimentaba cada vez más la admiración; y como remarcó Luis Forlani hacía cada vez más lindo ser fan de Ayrton. Vinieron las victorias, las hazañas, los campeonatos y las polémicas. Todo fue alimentando el mito por mérito propio y por la grandeza del rival al que enfrentó. El brasileño alcanzó el umbral más alto de la grandeza cosechando triunfos, concretando hazañas y dejando una huella imborrable en la vida de cada fanático.

 

Pero Ayrton no era sólo un piloto extremadamente veloz y con un instinto voraz al momento de calzarse los guantes y bajar la visera del casco. También tenía una sensibilidad especial en cuestiones humanas y humanitarias. Los niños de su amado Brasil de aquella época y los de hoy pueden dar fe del trabajo de su fundación. El piloto Erik Comas le debe la vida al paulista quién detuvo su McLaren al ver el Ligier del francés destrozado y rápido de reflejos se bajó del coche para socorrerlo.

 

El podio en Adelaida, el día que Senna y Prost hicieron las pases después de cientos de batallas. (Archivo / Ercole Colombo, 1993)
El podio de Adelaida, el día que Senna y Prost hicieron las pases después de cientos de batallas. (Archivo / Ercole Colombo, 1993)

 

“Cuando llegué, Senna estaba de rodillas sosteniendo la cabeza de Comas, del modo correcto, debo añadir”, recordaba el doctor Sid Watkis. También señaló que fue el propio Senna quién, acertadamente, impidió a los comisarios de pista que le quitasen el casco a Comas antes que el cuerpo médico hiciera el chequeo básico de la situación.

 

El auxilio a Comas fue un gesto que reflejó el costado humano del brasileño y agigantaba su grandeza. Hasta que llegó el fatídico fin de semana en Imola.

 

La tragedia comenzaba a dar señales el viernes 29 de abril de 1994. El vuelo del Jordan de Rubens Barrichello era un preludio de lo que se avecinaba. Al día siguiente, durante la clasificación, Roland Ratzenberger se convertía en el primer piloto que perdía la vida en un fin de semana de Gran Premio desde el absurdo accidente de Ricardo Paletti en 1982.

 

Ayrton, como todos los allí presentes, quedó estupefacto al ver las imágenes por los monitores. El circuito se cubrió de dolor y Senna intuía que no podía eludir al destino. Decidió enfrentarlo como lo hizo siempre, con sed de victoria. Al ingresar en el curvón de Tamburello, en la quinta vuelta, el hombre se convirtió en mito. Un mito que sigue creciendo en el alma y corazón de todos aquellos que lo amamos de manera incondicional.

 

Mirando al cielo le digo al Tano Forlani… Es hermoso ser fan de Ayrton.